El Leteo era un mar
Si te digo que lo que añoro no es eso
que un cuerpo vale otro cuerpo
que cualquier abrazo sirve
que no me acuerdo cómo era.
« No es eso » (Poemas de amor, 1962)
En estos meses en los que no puedo salirme demasiado de lo académico, lo poco que trato de disfrutar fuera de las cuatro esquinas de mi escritorio tiende a unirse entre sí, formando vínculos bizarros. Apenas voy al cine, casi no leo sin sentirme culpable; la frustración que me genera el disfrute cohibido se traduce en conexiones febriles.
Idea Vilariño se me apareció en medio de una proyección de Backrooms (Kane Parsons, 2026) como se le aparece Héloïse a Marianne en Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019). Me preguntó por qué últimamente no pienso tanto en ella, si es que ya no estoy triste, si es que finalmente he aprendido a olvidar.
Admiro el compromiso de Parsons con el recuerdo que todo lo rompe, que todo lo desfigura; me interesa especialmente su conexión con los espacios virtuales que compartimos todos los hijos de internet. A Parsons los espacios liminales le sirven como excusa para canalizar sentires oscuros y monstruosos. Pienso en lo bien que se tiene que vivir en una frontera dudosa, rodeada de monstruos escogidos personalmente, sólo con fantasmas personales.
La cárcel de papeles pintados con patrones pajizos da una cierta sensación de libre albedrío. Parece darnos la posibilidad de elegir los propios tormentos, darles la forma que prefiramos y asistir a su destrucción. La memoria falla y acabamos por verles derrumbarse, perder los sentidos o asistir a la huida de sus ojos, partiendo rápidos de las cuencas.
El desasosiego en el que me sumió Backrooms lo he experimentado únicamente leyendo a Fernando Pessoa y a varias poetas latinoamericanas, madres de la literatura verdadera. Llevo la imagen de Idea Vilariño como si se tratara de una foto en la cartera, como un amuleto pegado al corazón dentro del bolsillo interior de la chaqueta. Ella conoce, mejor que nadie, el horror de recordar.
Los aparecidos de Idea no tienen patas de palo ni vagan por los vestíbulos iluminados pobremente, son viejos amores salidos de cajones llenos de polvo. Sus entidades nacidas en la trastienda olvidan de mala manera y hacen mutar el retrato de todos aquellos que han recibido su amor.
Se me ha entreverado la mente
por un laberinto de oscuridades opacas.
Quise pensar mi vida y he arribado
a una mezcla vacía y más confusa.
« Se me ha entreverado la mente » (27-8-35)
Leyendo y revisando sus Poemas recobrados (Biblioteca Nacional de Uruguay, 2020) y su Poesía completa (Lumen, 2022) he llegado a encontrar descripciones del espacio que guarda todo lo que se almacena en la antesala del olvido, la misma que más tarde tomaría la forma de edificios de oficinas desiertos. Sus poemas mecanografiados esconden las orillas del Leteo; la poeta esconde sus memorias en la arena, desconfía. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Se equivoca al depositar su fe en el recuerdo traicionero, no sabe que toda imagen es inabarcable, toda palabra irrepetible; jamás podrán retenerlas dos pobres ojos y una mente agotada.
Tal vez tuvimos sólo siete noches
no sé
no las conté
cómo hubiera podido.
Tal vez no más que seis
o fueron nueve.
No sé.
« O fueron nueve » (La Habana, 1968)
En la segunda mitad de la película, tras la conversación alrededor de la mesa familiar, me da por recurrir a recuerdos distorsionados. Pienso en mi reflejo en los espejos de los baños de fiesta, en la cara de aquellos a quienes llevo años sin ver, en las caras que me acompañan en mis fotografías de infancia. Pienso en los viejos amores de Idea y en los míos, se rompe toda lógica y no vislumbro más que la cara quebrada de Laura Dern en Inland Empire (David Lynch, 2006). Salgo de la sala y hablo para arriba, sin saber si habrá alguien escuchándome: Líbranos de todo mal, líbranos de la memoria.
Pienso otras cosas
pienso que tal vez seas el otro
que quizás una noche
se rompa una corteza
que un milagro te entregue
y vea que eres tú
el que quise el que quiero.
« Última carta » (s.f., hallado en 1992)
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