¿A quién le contaría yo mis sueños?

Fragmentos del 29.º Festival de Málaga

Para cerrar con los breves escritos en torno a la 29.ª edición del Festival de Málaga, he decidido recopilar tres cintas hechas desde la admiración y la vulnerabilidad que provoca al que mira la quimera que es el cine. El monstruo mítico -hijo de una sombra y un cinematógrafo- toma muchas formas, aquí se metamorfosea en una película de recuerdo al padre, otra de acercamiento a la madre y una última rebosante de amor por el séptimo arte.

Ese niño de la fotografía, parte del programa de Documentales con Pases Especiales, acerca al espectador al trabajo de Carlos Saura en sus últimos años en este mundo. Anna Saura, hija del difunto director, dirige una cinta conmovedora que atestigua la creación de algunos fotosaurios, así como la producción de algunas de sus últimas obras: Goya 3 de mayo (2021), El rey de todo el mundo (2021) y Las paredes hablan (2022). Acompañamos a padre e hija en la finalización de sus memorias, publicadas por la editorial Taurus hace poco más de tres años:

Entre los peligros inminentes para el alma hay un muchacho que trata de entrar en un cine. «¡Cuidado! ¡Ojo! ¡Peligro!; ¡No vayas al cine, criatura!».
De imágenes también se vive, Carlos Saura (Taurus, 2023)

« Hay que trabajar con las manos », ¡y con las cámaras!

Dedicado a papá y filmado a través de una lente marcada por un enorme cariño, el documental repasa la trayectoria profesional de Saura combinando imágenes de archivo y anécdotas contadas en primera persona (ya en este siglo). La cámara de vídeo de Anna se convierte en un miembro más de la familia, se confunde con los perros y se camufla entre los dibujos, cámaras y fotografías invasoras en el estudio del padre; con el objetivo de participar en la construcción de una memoria visual basada en la documentación de lo cotidiano.

La película reivindica el afán documental y no titubea cuando tiene el poder de revelar el carácter fabuloso que adquiere lo aparentemente ordinario con el paso del tiempo. Vemos aumentar su vasta obra fotográfica al tiempo que el documental se filma, escuchamos en sus propias palabras crónicas sobre sus primeros rodajes. Nos comenta el minimalismo puro que caracterizó a La caza (1966), realizada con cuatro actores y unos cuantos conejos; habla asimismo de lo que aprendió sobre el flamenco con Antonio Gades, eje central de su Trilogía Flamenca: Bodas de Sangre (1981), Carmen (1983) y El amor brujo (1986).

Recorremos las fotografías que protagoniza, no las que toma, y reconocemos las siluetas que le acompañan. Su hermano Antonio Saura, Luis G. Berlanga, Buñuel y otras personalidades artísticas de la época son las estrellas centrales de un pasado brillante en lo creativo mas oscuro en todo lo demás. Las luces de la juventud se van apagando a ojos del director, que continúa dibujando y escribiendo en las hojas plenas de colores vivos: ¡Hoy soñé que la vida era hermosa!

El retrato de un saurio prehistórico, dicho así por él mismo, es lo que encierra esta película, destinada a ser protegida como se hace con las reliquias. No podemos olvidar la ternura aquí guardada, tampoco debemos renunciar a las enseñanzas que aquí se legan. Para terminar, decido quedarme con una sentencia firme que podréis suscribir cuando el documental llegue a vuestras pantallas: La vida es placentera cuando hay cámaras de fotografías.

AQUELLA : adj. espacial o temporalmente alejado de la persona con quien se habla.

Samuel Urbina, cineasta emergente en el panorama peruano, debuta en el largo con Aquella Sombra Desvanecía, programada dentro de la Sección Oficial Zonazine. Sus comienzos en la ficción audiovisual quedan marcados por las relaciones familiares, los hijos separados de sus madres y aquellos desencantados con la vida en sus ciudades natales.

Junior (Santiago Torres Rojas) es un chico a punto de terminar su formación universitaria cuyo principal interés es escapar de la ciudad donde nació, gobernada por la tierra y el polvo. El calor seco, las estampas de vírgenes sobre los muebles de la casa familiar y su propia madre, Sol (Sylvia Majo), no son más que elementos desconocidos para el mundo que Junior busca construirse. La distancia que los separa queda reflejada en la segmentación del propio filme, dividido en tres partes, tomando cada una de ellas una de las palabras del título como nombre.

La relación entre ambos está marcada por la ignorancia, se quieren porque así lo exige el papel familiar que cumplen, pero no se conocen. Tampoco al espectador se le permite conocerlos; durante gran parte del metraje, cuando aparecen juntos en plano o compartiendo un espacio, no vemos más que sus manos y sus nucas. El público, al salir de la sala, puede dibujar muy certeramente las espaldas de los personajes, pero no puede decir casi nada que les caracterice.

El hogar siempre aparece con una iluminación muy pobre, muchas veces de noche y con los personajes en distintas partes de la estancia filmada. Las escenas que muestran a madre e hijo por separado, aunque marcadas por el calor de un verano eterno, dejan atisbos de los dramas personales que sufren individualmente. Estas tragedias conviven, ocupando el espacio que les corresponde en ese lugar incorpóreo al que van las preocupaciones cuando uno entra en casa. Se amontonan una encima de otra sobre los dorsos de cada uno, pero no quieren mezclarse, menos aún compartirse; cada pena a su cuarto propio.

Viendo la cinta, uno espera que con el paso de las diferentes partes, la distancia entre Sol y Junior se vaya recortando. Si es así o no, depende del ojo que mira; lo que es seguro es que no podremos crear una conversación alrededor de esto hasta que la película llegue a las salas españolas.


Cine de barrio, ¿cuál sino?

Jorge Perugorría, emblemático actor cubano (Fresa y chocolate, Che, 7 días en la Habana), dirige Neurótica Anónima, cinta enmarcada dentro de la Sección Oficial A Concurso del festival. Mirta Ibarra escribe el guion y encarna el papel de Iluminada, una apasionada del audiovisual que lleva años trabajando como acomodadora en el cine de su barrio, medianamente feliz a pesar de cobrar una miseria. Cuando llega la amenaza del cierre, los trabajadores y clientes más asiduos planearán una recogida de firmas y la filmación de un documental que emocione y pare a los empresarios que planean terminar con las proyecciones de esta sala.

En un mundo donde cada vez es menor el número de salas de cine que permanecen abiertas, los cines cubanos salidos del material de archivo se aparecen como criaturas legendarias, templos sagrados que se han de velar cuidadosamente. Que los negativos jamás desaparezcan, los recuerdos tampoco. Con este objetivo en mente y un proyecto documental, Perugorría demuestra conocer las dos acepciones del cine de barrio.

El mero espacio protagonista del filme es uno muy digno, un mar de butacas ciudadanas de la oscuridad en la sala desde tiempos inmemoriales, espectadoras de mil y una películas. Es más, la labor que se lleva a cabo es la que debería tener como meta el cine del futuro, el cine de barrio, creado desde y para las comunidades. Que los vecinos se organicen, que dispongan de todos los medios que les sean posibles, que se reúnan para ver películas y también para hacerlas.

No cabe desear más que los cines se mantengan abiertos mucho tiempo, al menos el suficiente para poder ver estas películas y todas las que vengan con posterioridad artificiadas por los artistas aquí mencionados. Que nos duren lo suficiente como para continuar asistiendo a los festivales de cine, que persistan tanto como sea necesario para que olvidemos la posibilidad de que desaparezcan.
De ilusión también se vive, ¿no era así?

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