We Are the Jungle: Vestigios de la ciudad gris

Fui a donde estaba el cine, lo han tirado abajo.

En el marco de la programación de la 29.ª edición del Festival de Málaga, cita anual ineludible, nos encontramos con una cinta bella y triste, así como han de ser todas las buenas películas. We Are the Jungle (Somos la Jungla), lo último de Gwai Lou (Somewhere Over the Rainbow, Kuleshov Noir) ha terminado alzándose con la Biznaga de Plata a la Mejor Dirección (Zonazine), así como el Premio Escuelas de Cine al Mejor Largometraje de Zonazine. En esta nueva obra el cineasta nos presenta a Amber, una joven malasia exiliada en Hong Kong que retorna a Kuala Lumpur con el deseo de reencontrarse con un antiguo amor, Jun. El trabajo actoral de Grace Ng, Yon Lynn Tan, Lily Tan y Seow Jin Wen marca una propuesta dramática construida alrededor de la ciudad como personaje.

La película exhibe desde un primer momento un sistema experimental caracterizado por el cambio en el formato. Jugando con el espacio que se ocupa en la pantalla, el material de archivo simulado y el color, Amber porta además una cámara instantánea que acentúa este juego de aspectos. Cabe destacar asimismo los silencios del filme, necesarios para acercar al espectador a la soledad de la protagonista, ajena y peregrina en su propia ciudad. Pese a haber servido como escenario y testigo de su infancia y adolescencia, es un lugar irreconocible el que se encuentra a su regreso. El sentimiento de desarraigo inherente a esta vuelta se ve rápidamente opacado por el único propósito del viaje: buscar a la única persona que aún la vincula a ese lugar, paralizado en el tiempo por las reminiscencias recurrentes.

Pronto nos damos cuenta de que el color solo aparece en pantalla cuando las protagonistas están reunidas, ya sea en aquellos vídeos de hace años o en el recorrido por la propia ciudad tal y como ha quedado en la actualidad. La necesidad de documentar el tiempo juntas responde al miedo por olvidar, mencionado en varias ocasiones a pesar de los escasos diálogos que pueblan el metraje.
Una necesidad similar es la de fotografiar ciudades, imperiosa por la naturaleza de las mismas. Hay que preservar en todo caso un registro de los diferentes estados que transitan estos espacios, en perpetua metamorfosis. Paseando por las calles ahora desconocidas, se nos muestran lugares queridos ya en demolición, se nos devuelve a la escena de pasados enclaves compartidos, adornados hoy con polvo y excavadoras. Todo, en ruinas, queda embalsamado en fotografías instantáneas que mantendrán a la ciudad gris encerrada en álbumes, viendo el tiempo pasar confinada en cualquier cajón.

El paseo que dirige el avance de la película podría inaugurar un nuevo subgénero en la literatura de viajes con la invención de las guías turísticas sensibles; incluso iniciar una nueva disciplina, la arqueología de los afectos. La ilusión de averiguar dónde se esconde la amante remota, tu mujer misteriosa, hace aparecer siluetas a la vuelta de cada esquina. Todas las ventanas dan a calles plomizas donde se cruzan visiones harto parecidas a quien se anda rastreando.
Bajo un puente, en cualquier local; todos los lugares albergan la fe que se deposita en el reencuentro. Reconocerse un día por la capital, por las manos, siempre por las manos. Verla al fin, a ella o a alguien que se le parezca mucho. Te perseguiré, pisaré las huellas que dejes, seguiré la estela de tu sombra, caminaré hacia atrás.

La historia de Somos la Jungla no deja de ser la de dos amantes enfermas de añoranza. Éstas recorren las avenidas de punta a punta, anhelando hallarse para responderse recíprocamente una única duda: ¿Recuerdas lo que te dije hace un millón de años, aquí mismo?


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