Tuya es la culpa, porque hay que ver qué cosas escribes

Retablo de Favores —diciembre, enero

He encontrado al fin un espacio en el que puedo sentarme a escribir, entre los pacientes que prorrumpen incesantemente en mi televisión viendo The Pitt (2025-?) y las instrumentales que hostigan mis oídos bajo el pretexto de algo nuevo firmado por ASAP Rocky. Don't Be Dumb es casi todo lo que ha sonado en mi cabeza este último mes, ganándose el derecho a inaugurar este Retablo de Favores dejado, que aglutina mis favoritos de los pasados meses, diciembre y enero.

Las letras lo llenaron todo ya desde las primeras semanas del año, exigentes en todo y tolerantes solo en ciertos ratos libres. Lo primero que me propuse fue realizar una lista de objetivos raros para los próximos doce meses (¡once ya!) pero perdí las ganas de hacerla tras mi primera noche. Comenzar 2026 viendo a Pasolini no fue jamás una mala idea, aunque Teorema (1968) me regaló un sueño bizarro donde me obligaban a cargar bolsas con pequeños cristos de plástico, del tamaño de los bebés de juguete que se comercializaban en los noventa. A pesar del surrealismo, agradezco siempre la compañía de Terence Stamp, así como el visionado de una obra del Maestro para quien todo es santo.

Panahi y Erice han pasado algo más de 120 minutos en mi retina, Varda lo ha hecho, mucho tiempo más, en mi memoria. Kung-Fu Master (1988) me apareció delante cerca del final de un domingo que terminaba demasiado pronto. La triste película, bautizada de la misma manera que el beat ‘em up para arcade (más tarde, para NES), cuenta con una de las mejores primeras escenas que puedo recordar. El tono animado del primer tercio del filme no se nubla con la sospecha que se acrecenta y que acaba por explicitarse. No le tiembla el pulso a Agnès, jamás, ni frente a unos ojos color avellana, ni ante todo un acervo de pecas que no se han dejado ver hasta estar en otra ciudad. No deja de sorprenderme la capacidad de la directora para empatizar con sus personajes y rodar actos incómodos sin juzgar a quienes lo perpetran. La pedofilia está aquí pasada por partidas de arcade y baños calientes, un baño vomitado y fiestas de preadolescentes. La actitud de la cineasta frente a la gravedad de la tragedia “amorosa” es la del olvido y su protección.


Yo, que tanto te quiero y tú, que nunca dices nada. Me olvidarás.

Pido porque no pierda peso la verdad de Varda, porque el olvido nos llegue a todos, y ojalá nos deje quedarnos con un par de cosas. Si viniera ahora mismo, le pediría que me permitiera conservar el recuerdo de mi primer encuentro con Jumanji (1995).
Cuando ya me queda bien lejos la infancia, voy a parar a un clásico indiscutible; por extraño que parezca, no lamento demasiado haber llegado ya con cierta edad a la cinta familiar. Sé que no me habrían hipnotizado de la misma manera los personajes atrapados en cualquier sitio durante 25 años, ni aquellos que gastan energía en imaginarse a los desaparecidos como espíritus brillantes. Aparte de los animales salvajes fruto de un CGI primigenio, me conmovieron especialmente los chavales; la niñez ficticia nunca me deja indiferente.

Casi a diario vuelvo al intento de fuga del joven Alan Parrish (Adam Hann-Byrd), una de las escenas que más recuerdo de la cinta. Me gusta pensar que todos los niños que hemos visto muchas películas desde una edad muy temprana hemos fantaseado alguna vez con la huida de casa. Alan hace la misma maleta que tantas veces yo he pensado en hacer: mete en ella la calderilla de los bolsillos, pan de molde (lo que queda en el paquete que solo se saca en las meriendas), medio tarro de crema de cacahuete, algo más salido del armario de los dulces que casi no alcanza, si estira mucho el brazo…
La aparición abrupta de las criaturas recién salidas de la selva, las persecuciones y los dramas personales dotan a la película de un cariz terrorífico, al igual que tristón. Se hace inevitable pensar que, en Jumanji, el olvido es una maldición, quizá un castigo; en contraposición a la tesis exhibida por Varda con su olvido optimista.


Kit de emergencia para huidas, Alan Parrish (1995)

Mi mayor compañía últimamente ha estado bastante lejos de esa sensación de alivio que se suele asociar al olvido, he indagado sobre la amnesia como castigo y he terminado con las uñas llenas de tierra. La tierra más que maldita brota debajo del asfalto de Silent Hill, el espacio que más he transitado estos meses. Aun encontrándome en uno de los peores sitios en los que estar, he podido sacar tajada del remake de la segunda entrega de la saga. Junto a James he perdido el miedo a las palabras, he roto cristales (muchos, muchísimos), he extrañado agujeros desaparecidos y no he hecho otra cosa que bajar. Escaleras eternas, lagos infinitos, más escaleras, más niebla, ¿eso es pan? Me veo obligada a agradecer cada día de los que me quedan en este mundo al Bloober Team por hacer tan sencilla la entrada a un mundo al que nunca es fácil acceder.

Un arma-tubería, una migraña constante y un nudo en la garganta han sido mis lazarillos. Silent Hill 2 (remake, 2024) me ha enseñado que siempre cabe una nota o fotografía más en el bolsillo, que nunca están mal derramadas las lágrimas sobre la Protectora del Amor Imperecedero y que no son del todo mentira las cartas que nos imaginamos. Se siente injusto hablar del juego a quien no lo ha jugado, ya ha adquirido para mí el título de reliquia; es, sobre todas las cosas, sagrado y precioso. Estoy muy segura de que Pasolini lo anticipó al mencionar la santidad de todo. La culpa es santa, los verdugos también, ¿es santa la enfermedad? ¿Son santas las palabras que leo y escribo o no son más que síntomas? Creo haber contraído más de una de las enfermedades que puede contagiar el videojuego, la vieja melancolía y la ansiedad están entre ellas. Frustrada, aquejada de deseo, convaleciente y débil, me arrastro hasta este teclado para pediros que, si llegáis aún más tarde que yo, os adentréis en la atmósfera mórbida ideada por el Team Silent.



Esto te conducirá adonde debes estar, aunque probablemente no de la manera que deseas.

Al término del juego, recuerdo algo que le leí a E. M. Carroll en su obra Una invitada en casa (2025): Después de verla, me paso días sin dormir. Y cuando por fin duermo sueño con cosas enmarañadas, goteantes.
Puedo escribir ahora, más o menos tranquila, por haber escapado de las pesadillas souvenirs del pueblo de la bruma. Estando recuperada prometo intentar ser más constante, no recrearme tanto en futuros Retablos y no olvidar. No puedo asegurar si dejaré de contradecirme.

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