Me gusta todo lo que pasa en una mesa
Comer, el vino, las manos...
Estoy pasando la mitad de las fiestas metida en un coche entre Jaén y Madrid, leyendo en castellano y en inglés, estudiando en francés y alemán. He ido al cine un único día, vi El extranjero (François Ozon, 2025) sin pensar en nada de lo que escribió Camus. Vi a Pierre Lottin y me acordé de mis amigos, de los que no veré estas navidades. Antes de montarme en el primer coche, el domingo 21, vi un Villarreal CF - FC Barcelona donde escuché a uno de los comentaristas hablando sobre estas fechas tan señaladas y lo que sucede en torno a las mesas en el transcurso de sus días. Algo en ese enunciado me acompaña desde el momento en que lo oí.
Si miro hacia atrás ahora, en diciembre, me doy cuenta de la cantidad tan grande de mesas que he desordenado este año. Las he llenado y vaciado (de libros y cuadernos, sobre todo), las he manchado (casi siempre sin querer, de café y tinta), ya casi he olvidado el tacto de algunas y he aprendido el de otras nuevas, marcadas por nuevos principios y ciudades. Afortunadamente, acabo el año con mi mesa bien cuidada, plena de letras y regalos. Son muchas las manos que la acarician y frecuentan; no hay queja, cuando me levanto muy temprano, la escucho respirar tranquilamente. Creo que en las últimas noches -cuando, por fin, la dejo descansar- ha estado hablando mucho con La clase de griego (Han Kang, 2011) y con mi Le Robert monolingüe, diccionario-pisapapeles.
Mi afinidad recién descubierta con el mobiliario de los espacios que habito se ha visto complementada a la perfección por el visionado de lo último de Joachim Trier. Valor Sentimental (2025) comienza con la narración de un ensayo escrito por Nora Borg (Renate Reinsve), la protagonista y hermana mayor, en su infancia. Además de meterme en la cabeza el ejercicio de escribir ensayos desde la percepción y el pensamiento de un objeto (por ejemplo, una mesa, ¿no?), me hizo entrar de lleno en su ficción. Me encontraba entre las garras del primo lejano de Lars, otra vez, y no podía pensar más que en las lágrimas que me costó tanto reprimir en la proyección de La peor persona del mundo (2021). Han pasado más de tres años desde entonces y aún no ha cambiado nada.
Aunque mi hogar familiar no sea tan amplio ni tan luminoso y pese a que mi padre no escriba guiones pensando en mí, puedo verme en los personajes de Trier, ¿cómo puede serle tan sencillo? Mi abuelo nunca me regaló Irreversible (Gaspar Noé, 2002) o La pianista (Michael Haneke, 2001) a una edad todavía tierna, pero entiendo la mezcla nacida del dolor, la risa y la decepción que reina entre las paredes agrietadas de la casa que se filma. No he tenido una aventura con un hombre casado ni una hermana que se preocupara por mí y aun así comparto parte de las preocupaciones de Nora.
Me falta un teléfono para jugármela a que ensayan el monólogo de Cocteau.
Hace bastantes años, cuando aún seguía viviendo bajo el techo que me vio aprender a hablar y a leer, decidí borrar la mesita de noche del plano de mi habitación. Algo tan tonto en un primer momento me supone ahora una pérdida irreparable, no he vuelto a tener una desde entonces. Hoy no puedo soportar la imagen de un dormitorio sin mesita, necesito el consuelo de una al menos, en cualquiera de los lados. Por eso me destrozan las representaciones de La voz humana (Jean Cocteau, 1930), los dormitorios sin teléfonos y los planos en la cama -y en el suelo- de Valor Sentimental.
Las maldiciones generacionales me han atormentado siempre, las mías y las de los demás. Esta preocupación aumentó después de jugar What Remains of Edith Finch (Annapurna Interactive, 2017), que me puso sobre los hombros el peso que viene con la nube negra de una familia desconocida. Algo parecido me ha legado el filme, que igualmente me ha plantado el deseo de tener una hermana a la que llorar.
La escena de la película, la lectura de esa parte del guion -todo eso sobre llorar, aceptar la desesperanza y buscar una voz emisora en algún sitio- se combinó con mis lecturas del momento, poniéndose de acuerdo para que algo hiciera clic en mi cabeza. Nunca había visto, leído o siquiera imaginado una obra tan sólida en torno a lo que no se dice. Si bien se hereda, no se verbaliza en momento alguno. Se soporta, puede llegarse a lidiar con ello, mas, ¿hablarlo? ¡Eso es impensable!
Al término de la cinta, me encuentro con ánimos para buscar el trazo que dibujan las grietas de mis muros. Quiero escapar de la pena circular que atrapó a Nora, vuelvo a pensar en la novela de Han Kang que me acompaña desde hace algunos días.
Si hubiera grabado con una aguja o con sangre la senda por donde fluían las palabras… «Pero era una senda demasiado terrible», murmura desde un lugar más profundo que la lengua y la garganta.
Estrenada en el momento más oportuno, me gusta creer que Valor Sentimental va a permanecer en la memoria de todos aquellos que la estamos viendo como uno de los hitos del año. Estos festivos son, ante todo, fechas de silencios. Es inevitable, viven implícitos en las familias, las casas y las mesas. Ojalá os sean lo más llevaderos posible, ojalá un par de obras más así puedan abrirnos los ojos y acabar por romperlos. Vendrán mejores navidades, más cálidas; ante todo, seguiremos aquí.
¡Hasta el próximo año!



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