Resurrection, soñar y llorar

35.º Fancine, primer día

Bi Gan y el cine como lo irrecuperable tras su pérdida.

Los Spurs pierden por 5. Duermo 4 horas. Hago media maleta. 1 hora de atasco intentando salir de Madrid, otras 4 de viaje. Al fin Málaga. Reencuentro con Fancine protagonizado por una película de 160 escasos minutos.

Compartiendo título con una antepasada fancinera, Resurrección (Andrew Semans, 2022) con unos brillantísimos Rebecca Hall y Tim Roth, Resurrection se convierte en mi primera película de la actual edición del festival. Llego un día tarde al festival, tras no haber podido asistir a la gala de inauguración con la proyección de Drácula, lo nuevo de Luc Besson. La escena inicial de la esperadísima obra de Bi Gan hace que merezcan la pena todas las horas del día que he pasado sobre ruedas. Con uno de los mejores inicios que pueda recordar, la sala 1 del Cine Albéniz se sumerge por completo en una atmósfera única. No sé si continuamos estando en el siglo XXI, juraría que la ciudad se ha tornado en la Alemania más expresionista, que me acechan sombras de manos y colores ya olvidados.

La distopía más esperada de estos últimos años parte de la desesperanza y construye un mundo donde no queda rastro de luz, ni medio rayo de sol asoma a ninguna habitación. Los sueños han muerto, aunque siempre queda alguien que se niega a soltarlos. Nacen de esta manera los Delirantes, pobres diablos aferrados a estados de inconsciencia habitados por lágrimas y flores.

La cinta está escrita sobre futuros pasados, sobre todos los que nos prometió el cine. El director chino es el único que perpetúa esta tradición, diría que es el primero que se ha dado cuenta del mal que padece este arte: el cine ha dejado de prometer. Bajo sus imágenes hiperdigitalizadas, el cine respira con dificultades, no queda espacio para el sueño bajo la mano pesada de las grandes productoras parricidas de la creatividad.

Los sueños se alzan como visiones proféticas del propio autor, que quiere perderse en delirios ajenos que se nos presentan como historias diferenciadas. Acompañando siempre a Jackson Yee, que realiza un apabullante trabajo actoral, nos adentramos en historias de tintes completamente distintos. Todas quedan unidas por imágenes muy poderosas, reencuentros con la nostalgia y muertes a plena luz del sol.

Al igual que el cine, que no puede vivir fuera de una sala oscura y una pantalla blanca, los Delirantes, sentados todos en las butacas de la sala más bonita de la ciudad, cruzamos los dedos durante todo el metraje para que la película no acabe. Para no tener que dejar la sala, que así, a oscuras, se parece más que nunca al vientre materno. Si finalmente nos obligan a salir del cine, nos llevaremos la luz con nosotros, esperando contagiársela a alguien.

Salgo de la sala apenada pero con los ojos plenos de luz, deseosos de presenciar los siguientes día del festival. Sé que volveré una y mil veces a la cinta, sé que la disfrutaré aún más cuando tenga la fortuna de verla de nuevo en pantalla grande. La vuelta del director de Largo viaje hacia la noche (2018) no se dará hasta el primer día de abril del próximo año 2026, de la mano de Madfer Films.

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