Rescate en el mar, ¿eh, cariño?

Dijo que él conocía un dios que traía peces, y otras cosas.

Decido celebrar antes de que se cumplan los veinte años que han pasado desde que salí de los ojos de mi madre. Vuelvo a casa, nunca sola, con el calor del terral y del alcohol. Intento no pensar en los que se van a quedar aquí cuando yo me vaya (pronto). Sujeto los regalos responsables del peso de mi bolso y los esparzo por la superficie de la cama. Coloco los libros y las fotos, todos cubiertos por un velo de novedad (hasta la fotografía, que he visto una y otra vez desde hace casi dos años). Pienso que tengo una suerte grandísima y unas sábanas azules arrugadas.

Las aliso para tumbarme, yacente, intento romper con el pensamiento la maldición que empaña mis cumpleaños año sí y año también. A la misma vez, intento acercarme a la voz al otro lado del teléfono; estiro el brazo y no rozo con mis dedos más allá del mando del televisor.

Han cambiado la televisión en el piso en que pasamos los veranos, han contratado un servicio extraño que basa su política en la inclinación hacia las películas de reputación dudosa. En su limitadísimo catálogo figuran cintas como Quarantine (John Erick Dowdle, 2008), Sharknado (Anthony C. Ferrante, 2013) y la saga [REC] (Jaume Balagueró, Paco Plaza; 2007-2014). Con los ojos entornados, termino pulsando play en la ficha de Dagon: la secta del mar (Stuart Gordon, 2001).

Esta decisión tonta supone mi primer contacto con la efímera Fantastic Factory, además de mi segundo encuentro con una adaptación de Lovecraft en menos de un mes. Tanto The Shadow Over Innsmouth (Chiaki Konaka, 1992) como Dagon, adaptan La sombra sobre Innsmouth (H. P. Lovecraft, 1931), exponente máximo de las ciudades portuarias y sus criaturas características. Viviendo un par de meses más en una ciudad de costa que nunca me ha pertenecido, trato de considerarla una experiencia inmersiva.

Diálogos absurdos y sueños dorados quedan sellados gracias a mediocres actuaciones, un doblaje esperpéntico sirve de guinda al pastel. Un CGI escandaloso augura calamidades de ojos saltones y branquias sangrantes, Francisco Rabal no habla gallego a pesar de que Imboca se sitúe en Combarro y yo no puedo dejar de pensar en que no quiero volver a cumplir años.

Dagon: la secta del mar (Stuart Gordon, 2001)

Por favor, quédate conmigo. Quédate conmigo, por favor.

Se lo digo a los años, mirándolos desde abajo, con la boca pequeña y un hilo de voz. Se lo digo a quien me escuche, con tentáculos ocupando el lugar de las piernas. Ni el Salmo 23 de David deshará mis membranas interdigitales, grabadas ya en mi sino. Veo la película con el mar pegado a la ventana, con el terror más cerca de la cuenta. El pueblo de todos los veranos se transforma, de pronto, en La isla de los hombres peces (Sergio Martino, 1979). Prefiero no verlo y me tapo los ojos, pero las membranas dejan traslucir el horror; no tengo escapatoria.

El terror no acude en tu auxilio cuando la vida se alza. Mi vía de escape me perseguirá por el resto de los días, seguiré sumando años junto al mar, cumpliré la condena por haber nacido en verano. Nos sumergiremos en los negros abismos… y allí, en compañía de los Profundos, viviremos por siempre en un mundo de maravilla y de gloria.

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