En los papeles no pone nada del corazón
Con voz de funeral y ojos de muerta viviente, cara a cara al desnudo.
En medio de una crisis total, acude a mi rescate el cineasta-ángel, el salvador de las histriónicas y las neuróticas; de las mujeres a las que desea prohibir el conducir y el fumar. ¿Qué haríamos de entrar en vigor estas restricciones? Habríamos de pasar un examen obsceno e incómodo frente a una pizarra que reza vocablos ininteligibles, ante unos ojos castigadores nublados tras cristales rayados -casi- redondos. Repetiríamos una y otra vez las mismas sentencias, susurraríamos viejas oraciones y confiaríamos en el examinador hastiado que no tiene deber más allá de negarnos.
Tengo que advertir que el cuaderno con mis notas de trabajo del guion de Fresas salvajes se ha extraviado. (Nunca he guardado nada, es una especie de superstición. Otros han guardado, yo no).
Imágenes. Diarios de un cineasta. Tusquets Editores, 2022.
Custodiar sólo aquello que merece permanecer: juicio basado en el corazón, órgano invisible. Como un elefante en la habitación, el corazón ¿está? Un tamboreo continuo anuncia su supuesta presencia, un dolor puntual rasga la superficie a modo de grito. Pero, ¿quién lo ha visto? No aparece en los papeles del examinador, renunciamos a su potestad y queda, de darse el mejor de los casos, en un rincón de la memoria.
Ajuste de cuentas con lo que queda de las evocaciones, de brillo apagado y sino oscuro. Deseo que Ingmar me dedique unas líneas, aparecer como personaje en un libreto de segunda, alcanzar la lucidez en la memoria de la que goza Victor Sjöström en Fresas salvajes (1957). Ya no me interesan los sueños, verse morir una y otra vez es agotador. Debo esforzarme por abrir los ojos, volver a la hierba, al claro del bosque -uno como los descritos por Zambrano, ajeno a Todo-. Transitar mis espacios como un gato más que como una persona, barrer con la retina cada mota de polvo, escudriñar las puertas cerradas y asomarme a la oscuridad de las bocallaves.
Siempre he tenido frío. ¿Qué puede ser? Dime tú, que eres médico.
La madre debe haber perdido el sueño, todos los sueños. No hay frío en el recuerdo, la distancia que nos separa de lo antiguo parece deambular de la mano con el Sol. Una luz cegadora escenifica los vestigios de la memoria, allí el tiempo es siempre agradable. No llueve, no se esconde el resplandor entre las nubes. ¡No hay nubes en la memoria!
En el microcosmos del sueco, la remembranza se convierte en una casa de brujas y la experiencia relativa a la claridad equivale a un pasaje del terror. Uno repleto de coches funerarios que vuelcan exponiendo manos congeladas, al que se accede con los ojos vendados y las manos amarradas, con exposición completa a los aullidos del horror: el llanto de recién nacidos y el sonido de las olas del mar.
El vagón va repleto, añadiendo terror a la atmósfera. Católicos y jóvenes vírgenes se hacinan en el asiento trasero, acarician las orejas de los pasajeros con lenguas bífidas portadoras de un silencio sepulcral y penitencia divina. La ausencia de Dios toma la forma de las manecillas desaparecidas de un reloj heredado, la promesa de vida de una deidad en huida es exigua para otorgar certidumbre a los desamparados. ¿Qué hacer sin Dios? ¿Y sin vida? ¿Qué queda cuando la Muerte llama, cuando es ella quien no puede perdonar?
La soledad, naturalmente. ¿Y no hay indulto?

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